- Mi hermano mayor, Domingo Vásquez Márquez, primero cadete de aviación y luego subteniente de carabineros, muerto tempranamente, por su propia mano y por amor, a los diecinueve años.
Tratando de evitar algún dolor que pudiere fisurar el acerado espíritu de Agustín me adelanto en su historia y tomo la palabra:
- Yo conocí a tu hermano Domingo Márquez en el estudio de un amigo arquitecto y compañero de la universidad. Nunca se me olvidó su imagen. Era un joven, fresco, feliz y agitado por el anhelo de conocer y el gozo de existir. El rostro de ese joven estaba siempre iluminado por una sonrisa. Sus gestos eran amplios y serenos.
Un año después me encontré con él en el mismo lugar y el cambio era notable. Quedé callado e inmóvil. Los ojos parecían estar hundidos y rodeados por negras aureolas de desvelos. Labios otrora dulces y vivaces estaban secos y casi blancos. Sabía que su aspecto enfermo no obedecía a un mal del cuerpo si no que al espíritu. Parecía no estar vivo y le pregunté sin rodeos:
¿Te ha traicionado alguna mujer?
Me miró con esfuerzo y me respondió:
- Amo y no me corresponden y este amor me lleva hacia la muerte. Estoy consumido y muerto en vida. Mi corazón ya no palpita. . .
Era un amante angustiado por el desaire. Lo único que ansiaba para aplacar el dolor era mirar, aunque sea por unos pocos minutos, los ojos, la boca, la cabellera, las manos que le han embrujado. Esa otra hoguera, en el fuego de la pasión, era llama inalcanzable.
- Siento fuertemente. No te imaginas con qué fuerza me atrapa este dolor. Amo desesperadamente y me avergüenza este martirio indigno. Mi espíritu no soporta ya más la indiferencia y el olvido. Siento que no puedo resistir más, que ya estoy en vísperas del fin. Perdóname que no pueda decir más. Irremediablemente me avergüenzo.
Quedé mudo. No supe que decir ante la brutal franqueza con que abrió su corazón a un desconocido como era yo. Giró y salió como si flotara, como si ya sólo fuera un espíritu. No escuché el taconeo de sus pasos en la escala. Me acerqué a la ventana donde se encontraba el tablero de dibujo para verlo caminar hacia el sendero del cerro cuando llamó mi atención un escrito de su letra sobre el tablero y que iluminaba un tibio sol tardío:
No me des tregua. No me perdones nunca.
Fustígame en la sangre. En cada cosa cruel,
que seas tú la que regresa..
No me dejes dormir. No me des paz.
No me des paz.
Naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil
No seas caricia ni guante
Desespérame. Desespérame.
Desespérame.
Guarda tu amor malo, tu sonrisa, tu pelo
Dalos. Dalos.
Dalos.
ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas
Grita. Grita.
Grita.
Dispárame en la boca
Rómpeme las fauces
No me importa ignorarte en pleno día
No me importa saber que puedes buscar al sol y al hombre
Compártelo. Compártelo.
Compártelo.
Yo
te pido la cruel ceremonia del tajo
lo que nadie te pide:
las espinas hasta el mismo hueso.
Arráncame la cara infame
oblígame a gritar al fin mi verdad de anhelo
Nombre no me des tregua
no me perdones nunca
castígame en la sangre
No me des paz...
No me des paz...
No me des paz...
... Era un poema; creo que de Julio Cortázar.
Agustín, ha tomado un puñado de arena de la cresta de la duna. Ha levantado el puño con el pulgar hacia los cielos dejando caer un hilo de granos que se ilumina en la luna de la noche cual reloj de arena y que el viento desarma en la nada, como un gesto de fraterno abrazo:
- Ese era mi hermano mayor; el primogénito y que se elevó como un ángel para descansar. Ya no hay forma de saber qué habría sido de sus hijos ni de sus nietos, porque nunca los tuvo. Pero sí se sabe lo que ocurrió con sus padres, hermanas y hermanos, cuando vieron con estupor, la muerte de ese dulce que tanto amaban y que los bañó con su dolor.
Todo lo lloro en ti,
hijo querido mío:
La vida heroica, acumulada, grandiosa y terrible que hiciste,
y tu muerte súbita.
Traías sobre la frente escrita,
con significado trágico,
la estrella roja y sola de los predestinados geniales...
¡Perdóname el haberte dado la vida! (Pablo de Rocka)
Estas son también palabras de mi padre, mientra sobrevolaba el desierto de Atacama conduciendo el avión en el que iba como único pasajero el cuerpo sin vida de mi hermano para llegar al lugar de su descanso final.
Todo lo lloro en ti,
hijo querido mío:
La vida heroica, acumulada, grandiosa y terrible que hiciste,
y tu muerte súbita.
Traías sobre la frente escrita,
con significado trágico,
la estrella roja y sola de los predestinados geniales...
¡Perdóname el haberte dado la vida! (Pablo de Rocka)
Estas son también palabras de mi padre, mientra sobrevolaba el desierto de Atacama conduciendo el avión en el que iba como único pasajero el cuerpo sin vida de mi hermano para llegar al lugar de su descanso final.
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